domingo, 13 de abril de 2014

El provenir.

Y cuando se me ocurre pensar en el mañana, el pecho se me estruja. Que irónico que en la etapa de nuestras vidas cuando menos queremos saber de responsabilidades, tenemos que comenzar a asumirlas. Y no quiero pensar que un día de estos voy a tener que dejar la tontería y hacer algo de mi vida. No quiero terminar de aceptar que la vida ya no es fácil, no es justa. No quiero sentir que hay peor dolor que el que cuando te terminan por primera vez.
Y sin siquiera darme cuenta ya lo sé todo. Pero siento que no debería. Que todavía no. Sin embargo no puedo dejar de saberlo.
Se me estruja el pecho al saber que un día voy a hacerme mayor. Y que con el tormento probablemente seamos mejores amigos, y que con el contento capaz que no tanto. Porque creo que enamoré a la pena, en vez de a la alegría, y quizá yo me enamore también en el trayecto.
Y me araño el pecho, procurando descuajar un poco de dolor, porque duele mucho, y recién inicia la travesía. Mañana cuando el sol nazca ya no brillará por mí, porque ya no quiero que amanezca. Porque me da pavor afrontar otro día sabiendo que tendré que afrontar el resto de mi vida.
Ni siquiera sé quien soy ¿cómo voy a saber qué ser?


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